5 sept. 2008

Dulce Nana c2 (Fin) [FanFic]

Título: Dulce Nana
Categoría: Original
Género: Yuri-Hentai (Hetero)
Clasificación: no -18 años
Advertencia: Lemon, Violación, Tortura, Muerte de un personaje
Capítulo: 2 de 2 Finalizado:
Resumen:
Cuando eran pequeñas secuestraron a una de las dos hermanas. Años después se reencuentran en la guarida del secuestrador.

Tania desató a Melís y la guió a gatas hasta una habitación pequeña con baño propio. Tan sólo había una cama y un espejo, ningún armario o mesa. En el baño había un botiquín bastante grande y una bañera manchada de sangre.

—Tienes que quitarte la ropa—dijo Tania.

—No pienso pasearme desnuda frente a él.

—Melís tienes que hacerlo, si vas a ser su esclava tienes que hacer lo mismo que yo—Tania estaba desesperada por hacer entender a su hermana que tenía que obedecer.

—Está bien, tranquila—contestó Melís al mirarle a los ojos, unos ojos que le transmitían un profundo temor.

Melís se quitó la ropa, vio alivio en el rostro de Tania.

—Delante de ellos tienes que ir a gatas—Melís emitió un bufido de disgusto, iba a humillarse delante de aquellos monstruos, pero lo haría por su hermana—tienes que dejar que te toque donde quiera y no debes cubrirte.

— ¿Dejas que te viole cuando él lo desea?

—Melís, tengo que hacerlo, y tú también, si no lo haces la tortura será peor—Melís intentó hacerse a la idea, pero que aquel ser la manosease y la violase le resultaba repugnante como poco.

Tania se sentó sobre la cama con la cabeza gacha. Melís se sentó junto a ella, le rodeó los hombros con el brazo y la atrajo hacia si abrazándola fuertemente.

—Ahora yo estoy contigo. No tienes que tener miedo, saldremos pronto de aquí—Tania se puso a llorar, pero esta vez de esperanza. Tras un rato Melís volvió a hablar— ¿Has salido alguna vez de aquí, has visto el sol?

—Tan solo he salido cuando me han trasladado aquí desde otro lugar pero fue en una furgoneta y estaba dormida. No he visto el sol desde que me secuestraron—contestó entre lágrimas.

—Entonces lo verás dentro de poco. Cuando salgamos de aquí te llevaré a la playa y nos bañaremos en el mar con la luz del sol—Tania le dio un último y fuerte abrazo a Melís y se levantó.

—Tenemos que salir, es la hora de hacer la cena.

—Está bien, vamos.

Melís siguió a Tania fuera de la habitación por un largo pasillo hasta la cocina. No tuvieron que ir a gatas porque Imparat no estaba cerca. Melís se sorprendió de que le permitiesen tener tantos instrumentos cortantes a mano con los que podía matarles.

— ¿Nunca has intentado matarle con los cuchillos o envenenándole?

—Aquí no tengo venenos, y sí, lo he intentado con los cuchillos, pero solo sirvió para que me torturase más duro.

Melís había pensado intentarlo pero se dio cuenta de que no serviría de nada. Llevaron la cena hasta el comedor. Cuando Tania dejó la comida en la mesa se puso de rodillas junto al asiento de Imparat y Melís la imitó poniéndose al otro lado. Imparat entró en el comedor y sonrió al ver desnuda a Melís. Esto era una gran humillación para ella pero intentó soportarlo. Imparat se sentó en su silla y acarició el cabello de Tania. Después acarició el de Melís y deslizó los dedos por su columna. Ella se estremeció, no sabía muy bien si por placer o por asco, por primera vez estaba dudando. Los dedos de Imparat llegaron hasta sus nalgas y las acariciaron suavemente.

—Esta noche voy a disfrutar mucho—dijo Imparat.

Melís estaba confusa, aquellas caricias le hacían sentir algo extraño, no eran comunes. Imparat comenzó a comer. Le dio algo de comida a Tania con la mano y esta la lamió ávida. Después le dio a Melís pero ella se negó.

—Melís, siempre debes aceptar lo que yo te doy y mostrarme tu deseo como lo hace tu hermana.

Ella echó una rápida mirada a Tania, que parecía suplicarle que lo aceptase y ella comió a regañadientes la comida que Imparat le ofrecía. Después de que Imparat cenase retiraron los platos y regresaron a su cuarto.

—Melís, lo has hecho muy bien—le dijo Tania—ahora tenemos que ducharnos. Después iremos a su cuarto—Melís le dio la espalda—se que no te gusta pero tenemos que hacerlo.

Se dieron una ducha juntas, era un consuelo para ambas tenerse la una a la otra. Melís se dio cuenta de que Tania tenía varias heridas en la cara interna de los muslos y el la vagina.

— ¿Él es muy duro?—le preguntó a Tania. Ella se dio cuenta de a que se refería e intentó ocultar las heridas.

—Tan solo a veces, otras es muy dulce—le dijo con un tono incluso de cariño.

— ¿Te gusta?—le preguntó Melís sorprendida.

—A veces sí, es extraño, no puedo evitarlo—Tania se estaba poniendo nerviosa pero Melís la abrazó y la tranquilizó.

—No te preocupes, no pasa nada.

Fueron al cuarto de Imparat, Tania llamó a la puerta y esperó a que le diera permiso. Entraron ambas a gatas. Imparat estaba sentado sobre la cama aun vestido y sonrió al verlas entrar. Tania se quedó quieta al pie de la cama arrodillada y Melís junto a ella.

—Melís, ponte de pie—Imparat observó el hermoso cuerpo de Melís, sus formas casi perfectas y bien proporcionadas y una piel suave aunque algo pálida, pero nada comparado con la extremada blancura de la piel de su hermana, debido a no salir a la luz del sol—acércate, siéntate aquí, estoy seguro de que mis caricias te gustarán mucho.

Melís se subió a la cama. No quería hacer aquello pero sabía que debía hacerlo para liberar a su hermana. Se sentó de lado sobre su regazo. Una de sus manos le acarició el cabello y descendió hasta sus nalgas. La otra mano le acarició las piernas hasta su muslo. Era extraño pero aquellas caricias no le desagradaban del todo. Le acarició el rostro suavemente y le dio un intenso beso en los labios. Ella correspondió y bebió ávida de sus labios. Aquello había comenzado como una violación pero Melís acabó por entregarse a él voluntariamente. Mientras ellos hacían el amor Tania observaba en silencio hasta que Imparat la llamó y se unió a aquel acto. Las caricias y lo besos de Imparat eran hipnotizadores y Melís disfrutó todo lo que pudo de ellos. Ya entendía porqué a Tania le gustaba. Cuando Imparat acabó regresaron las dos hermanas a su cuarto. Durmieron toda la noche abrazadas la una a la otra. Estaban muy cansadas y habían sido demasiadas emociones por un día, ya hablarían por la mañana, tenían mucho tiempo.

Al despertarse Melís, Tania la observaba con algo de tristeza.

— ¿Cómo te encuentras?—le preguntó.

—Tranquila, me encuentro bien, no te preocupes por mí—le contestó abrazándola y dándole un tranquilizador beso en la frente.

— ¿Qué has sentido?—preguntó Tania tras un rato— ¿te… te ha gustado?

Melís pensó en lo que había sentido aquella noche. Había experimentado extrañas sensaciones nuevas para ella, incluso con su propia hermana. Le habían gustado mucho las caricias de Imparat, eran muy distintas a las de cualquier otro y no tenía miedo ni se cortaba al acariciarla en lugares muy íntimos. Le había gustado también su sutil dominio, la forma que tenía de conseguir que ella hiciera cosas sin necesidad de hablar. Había estado hipnotizada por él y le había gustado. Había hecho cosas aquella noche que no se imaginaba ni en sus mayores fantasías. Nunca había hecho el amor con una mujer y aquella noche lo había hecho con su hermana y aunque le parecía horrible Imparat había conseguido que pareciese algo natural.

—Sí, me ha gustado—contestó al fin acariciándole el rostro.

Se dieron un largo beso en los labios, ya no era algo sexual para ellas, si no una forma de reconfortarse ambas. Salieron de la habitación y fueron a la cocina. Prepararon el desayuno y como la noche anterior se quedaron de rodillas a ambos lados de la silla de Imparat mientras éste comía. Cuando iban a retirar la comida él las detuvo.

—Esta noche no estaré yo, tengo cosas que hacer—Melís pensó que aquella era su oportunidad de escapar pero enseguida se desvaneció la ilusión—mi hermano estará con vosotras, y Melís, haz todo lo que él te diga si no quieres enfadarle.

Recogieron el desayuno y regresaron a su habitación. Melís no quería tener que obedecer las órdenes del hombre que había secuestrado a su hermana y le había destrozado la vida.

—Él no es como Imparat—dijo Tania que estaba sentada sobre la cama asustada, no por si misma, si no por su hermana—Báqet no es como Imparat.

— ¿Báqet, ese es su nombre? ¿Por qué dices que no es como él?—preguntó Melís sentándose junto a ella y abrazándola.

—Sus caricias no son iguales, son repugnantes, como si te tocase un monstruo. Huele muy mal y… y…—comenzó a sollozar y no pudo continuar la frase.

Melís la abrazó más fuerte y la acunó en sus brazos hasta que se calmó. Al poco rato un hombre entró por la puerta bruscamente. Un gran hedor a cloaca lo acompañaba y Melís recordó que había un olor similar la noche en que secuestraron a Tania.

—Tú eres su hermana, la otra niña—dijo el hombre con una voz que parecía salir de las entrañas de la tierra—Vamos, quiero jugar.

Salió de la habitación y Tania se apresuró a seguirle a gatas y tras ella Melís, aunque no le daba muy buena espina. Fueron hasta la sala de torturas. Nada más entrar comenzó a sonar de fondo aquella dulce nana que ya de por si era una tortura para ambas hermanas y que las aterrorizaba como si fuesen las mismísimas trompetas del juicio final. A Melís le entró mucho miedo aunque veía a su hermana no demasiado nerviosa. Al ver Tania que Melís se asustaba mucho con todos los aparatos de tortura rozó sus caderas contra las de ella suavemente y eso le dio más confianza a Melís. Pero enseguida esa tranquilidad se acabó porque aquel hombre la cogió por el pelo y la puso de puntillas. Melís emitió débiles gemidos a modo de quejas, ya que no se atrevía a decirle que no.

—Tienes un cuerpo muy hermoso—dijo Báqet con una voz gutural acariciándole con la punta de los dedos su torso de arriba a bajo.

Melís no sintió lo mismo con aquellas caricias que con las de Imparat. Le dio tanto asco el simple roce de su piel que casi vomitó lo poco que había comido. Pero él parecía disfrutar con el solo hecho de tenerla allí. Acercó su rostro al cuello de ella. Melís creyó que iba a besarla pero tan solo olisqueo su piel como su fuese un perro, y aquel hombre, si es que se le podía llamar así, se estremeció de placer. Melís tembló de miedo y de asco. No soportaba la presencia de aquel hombre y tenía miedo de no poder controlarse y cometer una estupidez; y su hermana tenía el mismo temor. A ella le había costado mucho llegar a controlarse ante él y había sufrido mucho por no poder hacerlo al principio. Temía que su hermana corriese peor suerte que ella (o mejor, depende como se mire) tal vez al ser adulta no le perdonase como lo había hecho tantas veces con ella y la matase sin piedad. Báqet ató las manos de Melís con una correa y la colgó de unas cadenas que caían del techo dejándola prácticamente sin tocar el suelo. Fue a un armario empotrado en la pared y regresó con una pala forrada de cuero en las manos. Las dos hermanas sabían lo que iba a pasar y tenían miedo. Comenzaron a sonar en toda la sala los azotes que le estaba propinando con la pala a Melís. Fuertes golpes sin piedad, a aquel hombre le daba igual el sufrimiento de Melís, incluso la angustia de Tania al ver a su hermana. Disfrutaba con cada golpe, cada eco que producía aquel estruendoso sonido. Melís no supo cuantos golpes, ni cuantos minutos u horas estuvo azotándola, quería dejar de sentir su cuerpo dolorido, porque no solo golpeaba sus nalgas, también sus pechos, sus piernas…todo su cuerpo. Tania no podía soportar más aquello, los golpes de la pala contra la piel de su hermana, los gritos de ésta con cada azote y las lágrimas que no cesaban de brotar de sus ojos. Ella había soportado durante años aquellas torturas y sabía que aquella no era la peor, pero sin embargo, a pesar de que los golpes no los recibía ella, estaba sufriendo más que nunca.

—Tania…

Un leve susurro salió de la boca de su hermana e hizo que despertase como si hubiese estado aletargada los últimos 17 años de su vida. Se levantó y mientras aquel monstruo estaba concentrado en golpear a su hermana se lanzó sobre él y le golpeó con todas sus fuerzas. Se quedó aturdido durante unos momentos y Tania aprovechó a coger la pala y con el mango le golpeó en la cabeza con ansia una y otra vez hasta que se la dejó machacada. La sangre brotaba de su boca y su nariz rota y unos espasmos inundaban su cuerpo moribundo. Tania bajó a su hermana de las cadenas y le dio un fuerte abrazo. A pesar de que tenía todo el cuerpo dolorido Melís correspondió al abrazo porque era más reconfortante que cualquier otra cosa.

—Vamos, tenemos que darnos prisa—dijo Tania desesperada.

Lo que acababa de hacer le parecía irreal y sin embargo se había quitado un gran peso de encima. Corrieron a toda prisa por el pasillo esperando que la puerta estuviese abierta. Era un largo pasillo que a ambas le parecieron eterno. De pronto un sonido siseante a sus espaldas y Tania cayó al suelo. De su boca brotaban espumarajos de sangre y sus ojos muy abiertos rápidamente se apagaron. Una flecha asomaba por su espalda. Melís calló de rodillas aterrorizada. Intentó desesperadamente despertar a su hermana aunque sabía que era inútil. Levantó la cabeza y con los ojos nublados por las lágrimas reconoció la figura de Imparat junto a ella y en sus manos llevaba una ballesta de la que acababa de salir la saeta que había acabado con su hermana.

— ¿Ya estás contenta?, mira lo que me has obligado a hacer. Ella estaba muy bien aquí antes de llegar tú. ¿Qué problema tenías? Anoche disfrutaste mucho conmigo y con Tania en la cama. ¿Por qué lo has estropeado?

Melís estaba ausente, no escuchaba las egoístas palabras de Imparat. Un profundo dolor la inundaba. Años de búsqueda, sin poder dejar de pensar en su hermana un solo día y ahora, cuando al fin la había encontrado, acaba muerta por querer salvarla. De pronto un ardiente odio sacudió cada célula de su cuerpo. Se lanzó contra Imparat sin pensar en nada más que la venganza, pero éste la tiró al suelo de un bofetón.

—Sigues sin entrar en razón. Veo que no vas a cambiar de opinión, no me dejas otra opción.

Apuntó la siguiente flecha al rostro ensombrecido de Melís, a quien ya le daba igual vivir o morir.

—Maldito bastardo—susurró ella antes de que la flecha atravesara su cabeza por el centro de su frente.

—Tú me has obligado.

Y con la nana de fondo el telón se baja
Y todos los espectadores vuelven a su casa.

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